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Porqué las modificaciones en las normas de la Iglesia deberían fortalecer su testimonio.

En la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días hay dos constantes: la primera es que la doctrina no cambia; la segunda es que las normas sí cambian. El gran problema aquí es que a muchos miembros de la iglesia les cuesta entender la diferencia entre doctrinas y normas, o no comprenden bien cómo se elaboran estas últimas; estos errores llevan a muchos a enfrentar una crisis en su fe. Espero abordar ambos asuntos de manera tal que las modificaciones en las normas nunca hieran su testimonio, sino que lo fortalezcan.

Las doctrinas nunca cambian.

Las doctrinas de la iglesia nunca cambian, pero son mucho más elementales de lo que muchos miembros llegan a darse cuenta. Por ejemplo, muchos miembros piensan que la Palabra de Sabiduría es doctrina: no lo es. En vez de eso, la doctrina es que Dios nos da mandamientos y leyes según las cuales vivir. Una de las leyes que Dios nos da es la ley de Salud, una ley que se adapta a cada dispensación. Para Adán y Eva, la ley de Salud consistía en que no comieran del fruto del conocimiento del bien y del mal; en los días de Moisés, se trataba de las pautas Kosher establecidas en la ley de Moisés. En nuestros días, el Señor estableció la Palabra de Sabiduría como nuestra ley de Salud.

La siguiente es una lista de doctrinas básicas del evangelio (según ChurchOfJesusChrist.org)

La Deidad.

El Plan de Salvación.

La Expiación de Jesucristo.

Dispensaciones, apostasía y restauración.

Los profetas y la revelación.

El sacerdocio y las llaves del sacerdocio.

Ordenanzas y convenios.

El matrimonio y la familia.

Los mandamientos.

“Los procedimientos, programas, las normas administrativas, y aun algunos asuntos organizacionales están sujetos a cambios. Tenemos cierta libertad y, a la vez, cierta obligación, de alterarlos de vez en cuando. Pero los principios, las doctrinas, nunca cambian” (Boyd K. Packer, “Principios”, Ensign marzo 1985, página 8).

Las normas siempre cambian.

Mientras que la doctrina nunca cambia, las normas siempre lo hacen. Las normas de la iglesia son las pautas proféticas para la aplicación de la doctrina y para la estandarización de la organización de la iglesia. Los Manuales de la Iglesia son manuales de normas. Por ejemplo: es doctrina que los hombres necesitan recibir el sacerdocio, pero es una norma el que deban tener 12 años de edad –ahora 11 años- para ser ordenados como diáconos. Si el propósito de la norma, el cual es ayudarnos a vivir la doctrina, no se cumple, entonces esa norma queda sujeta a cambios o a revocación. Pero, hasta que eso suceda, es considerada aun como norma.

¿Cómo se fijan las normas?

Tal como la doctrina se revela línea por línea, lo mismo sucede con las normas. Habiendo estado sentado en consejos en los que las normas se discutían a nivel de misión, gané un testimonio sobre cómo las normas se establecen, cambian y, a veces, se revocan completamente. Los cambios en las normas siempre son impulsados por revelación, pero raramente se trate del tipo de revelación cristalino que explica cada detalle de la nueva norma; de hecho, nunca oí de ese tipo de revelación ni la experimenté.

A menudo, la revelación para las normas sigue el patrón general de revelación del Señor, donde se trata de un empujón orientativo de parte del Señor. Entendemos que hay un problema, el Señor lo formulará y fijará límites de lo que es aceptable en el plan, pero luego espera que los profetas y apóstoles determinen qué hacer y actúen. Un ejemplo de las escrituras sobre esto es el del hermano de Jared en Éter 2:18-25, 3:1-6. En resumen, él buscó luz para las naves en las que el Señor le había dicho que no podía encender fuego ni poner ventanas, pero luego el Señor dejó a su criterio encontrar la mejor manera de hacerlo.

Revisión de las normas.

El seguir este patron implica que, a veces, la norma resultante no produzca los resultados deseados y, por lo tanto, será revocada y una nueva norma se pondrá en vigor. Uno de los mejores ejemplos de esto es el cambio misional implementado en 1982. Para quienes no están familiarizados con él, aquí hay una versión del Reader’s Digest:

En abril de 1982, la iglesia cambió la duración del servicio misional de los élderes de 24 meses a 18. El presidente Hinckley dio un número de razones por las que pensaron que éste sería un buen cambio (por lo general no suelen explicar sus razones, pero las tienen). Pero en noviembre de 1984, tan sólo dos años después, la iglesia anunció la revocación por completo de dicha norma a partir del comienzo del año 1985, reestableciendo la duración del servicio misional a 24 meses.

Se puede aprender una lección vital de esta historia: mientras que sepamos que el Profeta no desviará a la Iglesia (ver la Declaración Oficial n°1), el plan contempla cierto margen de maniobra por así decirlo, lo que significa que no siempre hay una respuesta correcta o incorrecta para las normas de la iglesia, tal como cuando Dios nos da dirección y nos deja aprender en nuestra vida, con la promesa de que el Espíritu Santo nos advertirá antes de que cometamos un error.

Por lo tanto, la iglesia a veces introducirá normas después de orar, estudiar y reunirse en consejo, y aquí está la parte vital: la norma puede ser absolutamente aceptable en términos del Plan de Salvación, pero si los resultados esperados no se consiguen, la misma pueda ser revocada y reemplazada.

Fortalecer el testimonio.

Ya sea que la norma se trate sobre cambios misionales, el enfoque en el nombre de la iglesia, el permitir a personas de color que reciban el sacerdocio, permitir a los hijos de padres LGBTQ que se bauticen, o cualquier otra norma, siempre podemos orar y obtener una confirmación del manto profético de los profetas. Y una vez que sabemos eso, podemos confiar de que el Señor siempre guiará a la iglesia dentro del marco aceptable del Plan de Salvación.

Puede que no nos gusten todas las normas; de hecho, no todas nos gustarán. Pero ese es el punto de la prueba: ¿nos mantendremos fieles a Dios y a nuestros convenios? Si lo hacemos, cuando las normas sean anunciadas, cambiadas o revocadas, entonces podremos regocijarnos en el hecho de que tenemos un profeta viviente, Cristo es de hecho la cabeza de Su iglesia y, tal como Él, Su iglesia vive.

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