Hay una guerra librándose ahora mismo. La guerra empezó en los reinos premortales y continúa en la tierra. Es una guerra en múltiples dimensiones contra Dios y sus hijos. Busca desestabilizar y desalentar a las familias, busca cambiar el significado del feminismo al rechazar la maternidad, busca castrar al hombre y así destruir a los futuros padres que nuestra sociedad necesita tan desesperadamente. La guerra contra los hombres es tan sólo una punta de la ofensiva de Satanás. Tristemente, esta guerra se lleva a cabo tanto dentro como fuera de la Iglesia. Es una guerra en la que debemos redoblar nuestros esfuerzos para ganar.
“Me enfoco hoy en el bien que los hombres pueden hacer en los más altos de los roles masculinos: esposo y padre” (Elder D. Todd Christofferson, “Padres”, Conferencia General de abril de 2016).
La guerra contra el hombre fuera de la Iglesia.
En la era del #MeToo (A mí también, movimiento iniciado en las redes sociales para denunciar la agresión y el abuso sexual)), la guerra contra los hombres ha llegado a su ápice. Sí, acciones viles están siendo expuestas por el movimiento #MeToo, pero en el medio de todo esto hay incontables pérdidas al apresurar conclusiones, al ignorar el debido proceso, y al forzar la noción de creerle inequívocamente a todas las mujeres y al afirmar que la masculinidad es tóxica. Es un mundo aterrador en el cual crecer siendo varón: alguien puede estar haciendo todo bien y aun así ver destruida su vida a menos que se pruebe su propia inocencia.
Pero la guerra contra el hombre empezó mucho antes del #MeToo: por décadas, los medios y nuestra cultura han ilustrado a los padres en la TV y en las películas como ineptos, vagos, y menos inteligentes que las mujeres. Nuestra cultura, que habla tanto sobre la masculinidad tóxica, aun así enseña a diario que el ser hombre es malo. Lejos están los días en los que el programa televisivo de Andy Griffith en los que los medios se tomaban el tiempo de mostrarle a los muchachos cómo ser hombres; en vez de eso, los medios de hoy nos muestran repetidamente que los padres son ejemplos desastrosos: programas como “Hombre de familia”, “los Simpsons” o “El soltero” desfilan alrededor de hombres que son flojos, ineptos o inmorales. Es una ironía que el único tipo de masculinidad que exhiben los
medios de comunicación es el mismo tipo de masculinidad tóxica que tanto desacreditan.
En una época en la que casi el 25 por ciento de los niños viven en hogares monoparentales, y la mayoría son criados por sus madres. Con tanta falta de modelos a seguir, lo que necesitamos son más ejemplos como Andy Griffith y menos como Homero Simpson o Peter Griffin. El problema no es que tengamos demasiada masculinidad, el problema es que ¡no tenemos suficiente! Tenemos falsa masculinidad siendo exhibida, la cual causa que los muchachos no se conviertan en hombres y que las mujeres odien a los muchachos. Necesitamos más modelos masculinos a seguir, no menos.
“Los muchachos necesitan hombres de quienes aprender, hombres con quienes estar que entiendan su necesidad de actividades que sean desafiantes y constructivas social y espiritualmente, que los expandan y les den la posibilidad de aprender habilidades varoniles; hombres a quienes amar y que los amén; hombres que sean modelos de lo que un hombre debería ser” (Elder Marion D. Hanks, “Los muchachos necesitan hombres”, Conferencia General de abril de 1971).
La guerra contra los hombres solteros en la Iglesia.
Pero a menos que piensen que la guerra contra los hombres esté presente sólo fuera de la Iglesia, como un joven soltero debo informarles de que este también es un tema dentro de la cultura de la Iglesia. Dentro de nuestra cultura, esta guerra se desata mayormente contra los solteros. Es un poco irónico que en una iglesia que tiene una necesidad tan desesperada de poseedores del sacerdocio dignos, en especial de poseedores del sacerdocio solteros que quieran casarse (considerando que más del 60% de las hermanas en la Iglesia son solteras y que no tenemos suficientes hombres dignos para llevarlas al Templo), uno pensaría que nuestros esfuerzos de retención deberían estar dirigidos hacia los hombres; pero en vez de eso, tenemos una pandemia de hombres inactivándose, en especial misioneros
retornados: nuestra cultura los trata con mayor dureza que a las hermanas que regresan antes de su misión.
Nuestra cultura puede ser despiadada cuando se trata de hermanos solteros: están siendo continuamente reprendidos por no ser “suficiente”. Se les hace bromas sobre llegar a ser amenazas para la sociedad, reciben incontables lecciones del sacerdocio e interminables alocuciones de culpabilidad por parte de líderes, familiares y amigos. Recuerdo estar hablando con uno de mis buenos amigos, un misionero retornado que era miembro del consejo de barrio. Mientras hablábamos, me di cuenta que él estaba a punto de dejar la iglesia: me explicó que estaba cansado de nunca ser “suficiente”. No importaba cuánto se esforzara, el salir en citas no estaba funcionando y todos, desde sus padres hasta sus líderes, se lo reprochaban constantemente. Afortunadamente, mi amigo resistió y ahora está felizmente casado.
Hay tantos que están resistiendo a duras penas; hay tantos que se están dando por vencidos. Conozco personalmente a docenas de buenos jóvenes que se han dado por vencidos porque no pudieron lidiar más con lo que ellos sintieron que era persecución.
A todos aquellos que se aferran a tan sólo un destello de esperanza, y Dios sabe que pasé muchos días en los que apenas resistía, quiero repetirles lo que me dijo mi presidente de Estaca. Recuerdo vívidamente al presidente Haden hablándome justo antes que me mudara de la estaca de JAS Orem 3: él quería asegurarse de que yo supiera que yo era amado y “suficiente”. Me dijo que sabía que yo tenía un testimonio y que estaba honrando mi sacerdocio. Me dijo que las escrituras enseñan que hay un tiempo para todas las cosas, y que si no era mi tiempo para el matrimonio entonces necesitaba aferrarme a mi testimonio, y entonces lo lograría. Me dijo que, tan importante como casarse con la persona correcta y en el lugar correcto, es hacerlo en el momento correcto. Eso significó el mundo para mí: no era juzgado por mi estado civil, sino que era juzgado por mis esfuerzos y deseos. Me dio un gran abrazo y dejó una impresión en mí que ninguna lección puede igualar.
El presidente Haden tomó un curso diferente al que muchos otros toman. Él tomó un curso que debemos emular si queremos detener la corriente de varones jóvenes yéndose de la iglesia. Él nos amaba; cada adulto soltero con los que haya interactuado sabía sin duda alguna que él los amaba. Él era verdaderamente un hombre a quien todos en la estaca querían ver y emular.
“Se puede describir a un hombre en pulgadas, libras, complexión o físico. Pero se mide a un hombre por su carácter, compasión, integridad, ternura y principios. Dicho simplemente, las medidas de un hombre están arraigadas en su corazón y en su alma, no en sus atributos físicos” (Obispo Richard C. Edgley, “He allí el hombre”, Conferencia General de octubre de 1999).
La guerra contra la familia.
Tanto la guerra contra el hombre y la guerra contra la familia llevan a los mismos resultados: la disminución de hombres aptos para casarse lleva a que haya menos matrimonios, y menos matrimonios significan menos niños nacidos en el convenio. No se equivoquen: la guerra contra el hombre es en realidad una guerra contra la familia.
Otro de los frentes de batalla de Satanás es su franco ataque contra el verdadero feminismo en los años setenta. Al forzar nuestra cultura hacia un feminismo radicalizado, su guerra contra las mujeres y la maternidad es tan maliciosa y dañina como su guerra contra los hombres.
Como hijos e hijas espirituales de padres celestiales, a veces olvidamos que nuestros padres celestiales son los mejores ejemplos de feminidad y masculinidad. ¿Qué clase de hombre debemos de ser? ¡Aún como ellos son! El centro del problema es que los términos y atributos de feminidad y masculinidad están siendo saboteados y redefinidos en la guerra contra Dios. Porque, no se equivoquen, la guerra contra el hombre es una guerra contra Dios.
“Hay algunas voces en nuestra sociedad que degradan algunos de los atributos de la hombría. Algunas de estas voces son de mujeres que creen erróneamente que edifican sus propias causas femeninas al derribar la imagen de la masculinidad… Se degradan a sí mismas al tomar estas posturas o al menospreciar la masculinidad y la hombría” (James E. Faust, “La felicidad es tener un padre que se ocupe”, Conferencia General de octubre de 1973).
Es tiempo de volver a exaltar la femineidad y la masculinidad.
El mundo busca castrar al hombre y enseña que la maternidad está por debajo de la mujer. Nos queda preguntar: ¿qué se puede hacer? La respuesta es simple: debemos volver a exaltar la verdadera femineidad y masculinidad al reenfocarnos en los verdaderos modelos a seguir que tenemos: los profetas y apóstoles con sus esposas, los héroes y heroínas en las escrituras, los líderes en nuestros barrios, nuestros padres terrenales, y nuestros padres celestiales. Estas personas deben ser nuestros ejemplos a seguir en lugar de atletas ignorantes, actores arrogantes, o personajes inmorales en las películas y en la TV.
Una vez más, podemos acudir a La Familia: una proclamación para el mundo: “Por designio divino, el padre debe presidir su familia con amor y rectitud, y es responsable de proveer para las cosas necesarias para la vida y de proporcionarles protección. La madre es principalmente responsable del cuidado de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades el padre y la madre, como compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro”.
La verdadera masculinidad yace en ser un digno poseedor del sacerdocio, un padre recto, y un padre amoroso. Es tratar bien a todos, es ser honesto, amable, auténtico y leal. La verdadera masculinidad significa paternidad, tal como la verdadera feminidad significa maternidad.
“No hay roles más grandes en la vida para un hombre que los de esposo y padre. Del mismo modo, no hay mayores roles para una mujer que los de esposa y madre” (Russell M. Nelson, “Mujer: de infinito valor” Oct. 1989).
